• 22 septiembre 2026
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Costa Brava

Más de 200 kilómetros de Mediterráneo, con Cadaqués como uno de sus paisajes esenciales. Entre Blanes y Portbou, desde la desembocadura del Tordera hasta la frontera con Francia, la Costa Brava recorre aproximadamente 220 kilómetros del litoral gerundense. A lo largo de este territorio se despliega una extraordinaria sucesión de acantilados, playas, pequeñas calas, bosques mediterráneos, puertos pesqueros y pueblos que han construido su historia mirando hacia el mar.

La Costa Brava atraviesa tres comarcas —la Selva, el Baix Empordà y el Alt Empordà— y comprende 22 municipios del litoral gerundense. Dentro de estos municipios encontramos, sin embargo, muchos otros núcleos de población con identidad propia, algunos tan conocidos como Calella de Palafrugell, Llafranc, Tamariu, l'Estartit o s'Agaró. Por este motivo, hablar del número de «pueblos de la Costa Brava» puede generar cierta confusión: administrativamente podemos hablar de 22 municipios costeros, pero el número de pueblos, villas y núcleos habitados vinculados al litoral es superior.

¿De dónde proviene el nombre de Costa Brava?

El nombre Costa Brava tiene más de un siglo de historia. El periodista, poeta y político Ferran Agulló lo utilizó como topónimo en el artículo Per la Costa Brava, publicado en La Veu de Catalunya el 12 de septiembre de 1908.

Agulló describía una costa abrupta, rocosa y salvaje, modelada por el Mediterráneo. Con los años, aquella expresión acabaría identificando internacionalmente el litoral gerundense y convirtiéndose en una de las denominaciones turísticas más reconocidas de Cataluña.

Los 22 municipios del litoral de la Costa Brava

Administrativamente, el litoral gerundense incluye 22 municipios, distribuidos entre tres comarcas:

  1. Alt Empordà: Portbou, Colera, Llançà, el Port de la Selva, Cadaqués, Roses, Castelló d'Empúries, Sant Pere Pescador y l'Escala.
  2. Baix Empordà: Torroella de Montgrí, Pals, Begur, Palafrugell, Mont-ras, Palamós, Calonge i Sant Antoni, Castell d'Aro, Platja d'Aro y s'Agaró, Sant Feliu de Guíxols y Santa Cristina d'Aro.
  3. La Selva: Tossa de Mar, Lloret de Mar y Blanes.

Algunos de estos municipios incluyen diversos núcleos muy conocidos. Palafrugell, por ejemplo, engloba Calella de Palafrugell, Llafranc y Tamariu; Torroella de Montgrí incluye l'Estartit; y el municipio de Castell d'Aro, Platja d'Aro i s'Agaró agrupa tres núcleos diferenciados. De hecho, esta última es la denominación oficial del municipio desde el cambio aprobado en 2023.

De Blanes a Tossa de Mar: la puerta sur de la Costa Brava

Blanes marca tradicionalmente el inicio meridional de la Costa Brava. La roca de Sa Palomera, situada entre la playa de Blanes y la de s'Abanell, se ha convertido simbólicamente en la puerta de entrada al litoral gerundense. La villa conserva una profunda tradición marinera y pesquera y es también conocida por sus jardines botánicos y por su paisaje costero.

Un poco más al norte encontramos Lloret de Mar, una de las localidades con más proyección turística de toda la Costa Brava. Su desarrollo hotelero la ha convertido en un destino internacional, pero el municipio también conserva calas, caminos de ronda, patrimonio histórico y lugares como los jardines de Santa Clotilde.

Tossa de Mar, en cambio, ofrece una de las imágenes históricas más singulares del litoral. La Vila Vella, con su recinto amurallado junto al mismo Mediterráneo, crea una silueta inconfundible. La combinación entre patrimonio medieval, pequeñas calas, acantilados y vegetación mediterránea hace de Tossa uno de los paisajes más representativos de la Costa Brava.

Sant Feliu, s'Agaró y Platja d'Aro: entre historia y Mediterráneo

Al llegar al Baix Empordà, Sant Feliu de Guíxols representa una Costa Brava estrechamente relacionada con el mar, sus antiguos oficios y el patrimonio cultural. El conjunto monumental del monasterio y la Porta Ferrada convive con playas, calas y un litoral rocoso recorrido por los caminos de ronda.

A su lado, s'Agaró muestra otra manera de entender el paisaje mediterráneo. La urbanización histórica de s'Agaró y su conocido camino de ronda integraron arquitectura y paisaje en un entorno especialmente cuidado.

Platja d'Aro, por su parte, es uno de los grandes centros comerciales, hoteleros y de ocio de la Costa Brava. Su extensa playa y la concentración de servicios explican buena parte de su importancia turística.

Palamós y la cultura del mar

Más al norte encontramos Palamós, una de las poblaciones donde la relación entre la ciudad y el mar sigue siendo especialmente visible. Su puerto pesquero mantiene viva una actividad que ha condicionado la historia, la gastronomía y la identidad local.

La pesca y la cocina marinera forman parte inseparable de Palamós, con la gamba de Palamós convertida en uno de los productos gastronómicos más conocidos de la zona. Aquí la Costa Brava no es solo paisaje: es también cultura, oficio y forma de vida.

Calella de Palafrugell, Llafranc y Tamariu: la esencia marinera

El municipio de Palafrugell concentra tres de los núcleos costeros más emblemáticos del Baix Empordà: Calella de Palafrugell, Llafranc y Tamariu.

Calella de Palafrugell conserva una imagen profundamente mediterránea, con pequeñas playas, barcas, casas blancas y los característicos porches frente al mar. Su vinculación con las habaneras forma también parte de su patrimonio cultural.

Llafranc mantiene un carácter marinero combinado con una larga tradición turística, mientras que Tamariu conserva una escala más reducida, rodeada de roca y vegetación.

Este conjunto permite entender una de las imágenes más reconocibles de la Costa Brava: la de un Mediterráneo de dimensiones humanas, donde las casas, las embarcaciones, los pinos y el mar forman parte de un mismo paisaje.

Begur y sus calas

Begur representa una Costa Brava más abrupta. Su núcleo histórico, presidido por los restos del castillo, se encuentra en el interior, mientras que su término municipal baja hasta el Mediterráneo a través de un litoral lleno de pequeñas bahías y calas.

Sa Riera, Sa Tuna y Aiguablava son algunos de sus lugares más conocidos. Aquí, los acantilados, los pinos y el agua crean paisajes que explican perfectamente el origen del adjetivo «brava».

Pals, Torroella de Montgrí y l'Estartit: cuando el paisaje se abre

A medida que avanzamos hacia el norte, el perfil de la costa cambia. El entorno de Pals combina una extensa playa con dunas, marismas y paisaje agrícola, mientras que su conocido núcleo medieval se sitúa algunos kilómetros hacia el interior.

Más al norte, Torroella de Montgrí y el núcleo costero de l'Estartit forman un conjunto de gran valor natural. Frente a l'Estartit emergen las Illes Medes, uno de los espacios marinos más emblemáticos del litoral catalán y un punto de referencia para las actividades relacionadas con el submarinismo y la observación del medio marino.

L'Escala y Empúries: más de dos mil años mirando al Mediterráneo

L'Escala combina la tradición pesquera con uno de los patrimonios históricos más destacados de la costa catalana. Sus anchoas forman parte de su identidad gastronómica, pero su importancia va mucho más allá.

Junto al mismo mar se encuentran los restos de Empúries, donde griegos y romanos dejaron una huella extraordinaria. Pocos lugares de la Costa Brava permiten observar de una manera tan directa la relación entre Mediterráneo, paisaje e historia.

Castelló d'Empúries, Sant Pere Pescador y la bahía de Roses

El gran golfo de Roses introduce un paisaje muy diferente del de las calas rocosas del Baix Empordà. Aquí aparecen playas mucho más largas y zonas húmedas de un enorme valor ecológico.

Sant Pere Pescador destaca por sus extensas playas y por el paisaje de la desembocadura del Fluvià, mientras que Castelló d'Empúries combina un importante conjunto histórico con el núcleo costero de Empuriabrava, caracterizado por su gran red de canales.

Entre ambos municipios se extiende parte del paisaje de los Aiguamolls de l'Empordà, que recuerda que la Costa Brava no está formada únicamente por acantilados y calas, sino también por dunas, lagunas, desembocaduras y llanuras húmedas.

Roses, la gran puerta del cap de Creus

Roses ocupa un emplazamiento privilegiado al norte de su extensa bahía. Es una población con una larga historia mediterránea y un importante peso turístico, pesquero y náutico.

Su Ciutadella, el puerto, las playas y la proximidad del cap de Creus explican su relevancia. A partir de Roses el paisaje empieza a transformarse de nuevo: la costa se vuelve progresivamente más rocosa, mineral y expuesta a la tramontana.

Y es precisamente aquí donde nos acercamos a uno de los territorios más personales de toda la Costa Brava.

Cadaqués: un paisaje con identidad propia

Cadaqués es difícil de confundir con cualquier otro pueblo del Mediterráneo.

Protegido por las montañas del cap de Creus, el pueblo aparece frente a una bahía natural como una sucesión de casas blancas que ascienden desde el mar hasta la iglesia de Santa Maria.

Durante mucho tiempo, su aislamiento geográfico contribuyó a preservar una personalidad particular. Las comunicaciones terrestres con el resto del Empordà nunca han sido sencillas, y el mar tuvo durante siglos un papel esencial en la vida de sus habitantes.

El resultado es una villa profundamente vinculada al Mediterráneo, donde las calles empedradas, las fachadas blancas, las pequeñas playas de piedra, las barcas y el perfil de las montañas forman un conjunto de una extraordinaria coherencia paisajística. Patrimonio Cultural de la Generalitat describe precisamente ese pasado de pueblo pesquero aislado y su posterior atracción sobre artistas y visitantes.

El cap de Creus: roca, mar y tramontana

Una parte fundamental de la singularidad de Cadaqués se explica por el territorio que lo rodea.

El cap de Creus es el extremo más oriental de la península Ibérica y da nombre al Parc Natural del Cap de Creus, el primer parque natural marítimo-terrestre de Cataluña. El litoral del municipio es predominantemente rocoso y está formado por numerosas pequeñas calas y playas, muchas de cantos rodados.

La tramontana, el viento, la sal y la erosión han modelado durante siglos unas formas geológicas sorprendentes. En determinados puntos, las rocas parecen esculturas naturales. Este paisaje no actúa simplemente como telón de fondo de Cadaqués: forma parte de su identidad.

Es esta relación tan estrecha entre arquitectura, geología, vegetación y mar la que hace que el pueblo tenga una atmósfera tan particular.

Portlligat y Salvador Dalí

No se puede explicar Cadaqués sin hablar de Salvador Dalí.

En la pequeña bahía de Portlligat, muy cerca del centro de Cadaqués, Dalí encontró un paisaje que acabaría profundamente relacionado con su obra y su vida.

En 1930 adquirió una pequeña barraca de pescadores. Con el tiempo, él y Gala fueron incorporando otras construcciones hasta crear la peculiar casa que conocemos hoy. Portlligat acabó convirtiéndose en uno de los principales espacios de vida y trabajo del artista. La propia Fundació Gala-Salvador Dalí explica la importancia esencial que este paisaje tuvo en su trayectoria.

Pero Cadaqués atrajo a muchos otros artistas e intelectuales durante el siglo XX. Su luz, el paisaje geológico del cap de Creus, el mar y su cierto aislamiento contribuyeron a crear alrededor del pueblo una intensa atmósfera cultural.

Cadaqués más allá de Dalí

Reducir Cadaqués únicamente a Salvador Dalí sería, sin embargo, quedarse con una parte de su historia.

La singularidad de la villa se encuentra también en su arquitectura popular, en las antiguas casas vinculadas a familias de navegantes, en la iglesia de Santa Maria dominando el perfil urbano, en las pequeñas callejuelas que bajan hasta el mar y en una costa que obliga constantemente a adaptarse al relieve.

Cadaqués transmite una sensación poco habitual: la de un pueblo que no parece haber sido simplemente construido frente a un paisaje, sino dentro del paisaje.

Las casas se adaptan a los desniveles. Las calles siguen la topografía. Las ventanas buscan el mar. La roca entra visualmente en el pueblo y la arquitectura blanca contrasta con los tonos grises, ocres y azules del entorno.

Quizá es aquí donde reside buena parte de su fuerza.

El Port de la Selva, Llançà, Colera y Portbou: el final más septentrional

La Costa Brava continúa más allá de Cadaqués.

Al otro lado del macizo del cap de Creus encontramos el Port de la Selva, una villa marinera situada en una gran bahía y rodeada por el paisaje montañoso del norte del parque natural.

Más arriba, Llançà combina diferentes playas y calas con un núcleo urbano de fuerte tradición marinera. Colera, más pequeña, conserva una escala íntima entre las montañas y el mar.

Finalmente llegamos a Portbou, el último municipio de la Costa Brava antes de la frontera francesa. Su geografía entre montañas condicionó profundamente su historia, especialmente con la llegada del ferrocarril. Portbou conserva también una importante dimensión cultural asociada a la memoria del filósofo Walter Benjamin, que murió allí en 1940.

Aquí acaba administrativamente la Costa Brava catalana, pero el paisaje mediterráneo continúa hacia el norte por la costa del Rosellón.

Una costa, muchos paisajes

Hablar de la Costa Brava como si fuera un único paisaje sería simplificarla.

Al sur encontramos la vegetación y los acantilados de la Selva; en el Baix Empordà aparecen calas, pueblos marineros y caminos de ronda; más al norte, las llanuras, dunas y marismas abren el paisaje alrededor del golfo de Roses; y finalmente el cap de Creus transforma la costa en un universo mineral dominado por el viento, la roca y el mar.

A lo largo de sus aproximadamente 220 kilómetros, la Costa Brava reúne 22 municipios costeros y unas 245 playas y calas, además de un número considerable de pueblos, barrios marítimos y pequeños núcleos que dan personalidad propia a cada tramo del litoral.

Blanes representa la puerta de entrada; Tossa de Mar, el patrimonio medieval frente al Mediterráneo; Sant Feliu de Guíxols, la historia marítima; Platja d'Aro y Lloret, el desarrollo turístico; Palamós, la cultura pesquera; Calella de Palafrugell, Llafranc y Tamariu, la memoria marinera; Begur, las calas y el paisaje abrupto; l'Estartit, la puerta a las Illes Medes; l'Escala, la unión entre mar, pesca y arqueología; Roses, la gran bahía; y Cadaqués, el encuentro casi perfecto entre naturaleza, arquitectura y creación artística.

Y quizá es precisamente Cadaqués quien permite comprender una de las grandes cualidades de toda la Costa Brava: el paisaje no es solo aquello que se observa, sino un elemento que condiciona la manera de construir, de vivir y de relacionarse con el Mediterráneo.

Desde Sa Palomera, en Blanes, hasta las montañas que rodean Portbou, la Costa Brava es la suma de muchos paisajes diferentes unidos por un mismo hilo: el mar, la roca, la cultura y la vida mediterránea.