Entre el mar y una tierra difícil
Cuando se contempla Cadaqués desde el mar, la población parece pertenecer enteramente al mundo marinero: barcas, casas blancas, pescadores y pequeñas calas. Sin embargo, durante siglos sus habitantes no vivieron únicamente del mar. También tuvieron que conquistar una tierra abrupta, seca y pedregosa para cultivar viñas y olivos.
El aislamiento geográfico de Cadaqués, separado de la llanura ampurdanesa por la montaña del Pení, obligó a sus habitantes a combinar distintas formas de subsistencia. Pescaban, navegaban y comerciaban, pero también cultivaban todo aquello que podía adaptarse al viento, la escasez de agua y los suelos pobres.
Un documento de 1030 ya menciona la presencia de viñas, pescadores, puertos y calas en la península del cabo de Creus. No permite precisar cuándo comenzó el cultivo sistemático del olivo, pero demuestra que la agricultura formaba parte de la vida local desde la Edad Media.
El olivo era especialmente adecuado para aquel territorio: resiste la sequía, arraiga en suelos poco profundos y tolera las duras condiciones mediterráneas. Aun así, plantarlo en las pendientes de Cadaqués exigía un trabajo enorme.
La civilización de las paredes secas
La montaña no ofrecía superficies planas para cultivar. Para conseguirlas, generaciones de cadaquesencs construyeron kilómetros de muros con fragmentos de pizarra local, colocados unos sobre otros sin cemento ni argamasa.
Estos muros formaban las feixes o terrazas agrícolas, denominadas también travesseres en el habla local. Permitían retener la tierra fértil, frenar la erosión, canalizar el agua y crear pequeñas superficies donde plantar viñas y olivos.
Junto a las terrazas se levantaron barracas para guardar herramientas y refugiarse, escaleras, depósitos de agua, pozos, caminos y clopers, montones formados con las piedras sobrantes. El resultado fue una arquitectura rural completa, construida casi exclusivamente con la piedra extraída del propio terreno.
Josep Pla llamó a este sistema la “civilización de las paredes secas”. El territorio que hoy contemplamos como un paisaje natural fue, durante siglos, una construcción colectiva realizada piedra a piedra.
Primero las viñas, después los olivos
Durante buena parte de los siglos XVIII y XIX, la viña fue, junto con la pesca, una de las actividades económicas fundamentales de Cadaqués. Muchas de las terrazas que hoy asociamos a los olivos se construyeron inicialmente para plantar cepas.
La situación cambió con la llegada de la filoxera. La plaga entró en Cataluña por el Alt Empordà en 1879 y alcanzó Cadaqués alrededor de 1883, destruyendo buena parte de los viñedos. El golpe fue especialmente grave porque cultivar aquellas laderas exigía mucho esfuerzo y ofrecía rendimientos limitados.
Algunas viñas se replantaron, pero otras terrazas pasaron a ocuparse con olivos, más resistentes y longevos. Los olivassos —palabra cadaquesenca que designa un olivar o un lugar plantado de olivos— se extendieron sobre antiguas superficies dedicadas a la vid.
Los olivos no sustituyeron por completo a la viña, pero durante la primera mitad del siglo XX se convirtieron en una parte esencial del paisaje agrícola de Cadaqués.
Un aceite escaso y muy apreciado
El cultivo no estaba destinado solamente al consumo familiar. Durante el siglo XIX existieron en Cadaqués actividades relacionadas con la elaboración de aceite, junto con fábricas de salazón, aguardiente, vinagre y jabón.
La tradición oral recuerda que llegó a haber cuatro trulls o molinos de aceite en el pueblo. Durante la recolección, las familias llevaban allí las aceitunas y esperaban mientras se trituraban y prensaban. El frío del invierno, el olor de la pasta de aceituna y la preparación del alioli formaban parte de una misma escena comunitaria. En la actualidad ya no queda ningún molino de aceite activo dentro de Cadaqués.
El aceite local llegó a alcanzar una notable reputación. Josep Pla lo consideraba uno de los mejores del país. Su carácter se atribuía a las difíciles condiciones en las que crecían los árboles: poca tierra, viento, sequedad y frío. Estas circunstancias reducían la cantidad de aceitunas, pero podían concentrar su sabor.
La “llei de Cadaqués”
Entre las variedades cultivadas destaca la verdal, conocida también como llei de Cadaqués. Es una variedad tradicional estrechamente vinculada a Cadaqués y al Port de la Selva y está reconocida dentro de la Denominación de Origen Protegida Oli de l’Empordà.
Junto a ella se encuentran variedades ampurdanesas como la argudell y la corivell, además de olivos desarrollados o injertados sobre ullastres, los acebuches u olivos silvestres de la zona.
La expresión llei de Cadaqués da al árbol una identidad especialmente local. No se trata únicamente de un olivo cultivado en el municipio, sino de una variedad cuyo propio nombre conserva la memoria del territorio.
Los dolls y el transporte del aceite
El aceite estaba presente en la vida cotidiana de formas que hoy pueden resultar sorprendentes. Los conocidos dolls de Cadaqués, normalmente asociados al transporte de agua, también podían utilizarse para llevar aceite.
Las mujeres transportaban estos grandes recipientes verdes sobre la cabeza. Cuando estaban vacíos, podían colocarlos ligeramente inclinados; cuando contenían agua o aceite, debían mantenerlos verticales. Se conservan fotografías antiguas que documentan esta costumbre.
El doll, los olivos, el alioli, los molinos y las paredes secas pertenecían a un mismo sistema doméstico y agrícola. El aceite no era solamente un ingrediente: era el resultado del trabajo familiar y una parte importante de la economía local.
La gran helada de 1956
El acontecimiento que cambió definitivamente los olivares de Cadaqués fue la extraordinaria ola de frío de febrero de 1956.
Las temperaturas descendieron de forma brusca y muchas ramas y troncos se agrietaron al congelarse la savia. Numerosos olivos murieron o quedaron tan dañados que tuvieron que cortarse. Los olivassos que cubrían las antiguas terrazas pasaron a tener una presencia mucho más testimonial.
La helada fue un golpe decisivo, pero no la única causa del abandono. La agricultura tradicional ya atravesaba una crisis: trabajar manualmente en terrazas estrechas era costoso, la mecanización resultaba casi imposible y muchos jóvenes buscaban empleos más estables.
Al mismo tiempo, el turismo y la construcción comenzaron a ofrecer nuevas oportunidades económicas. Los antiguos olivares fueron cubriéndose poco a poco de matorral y vegetación espontánea.
Un paisaje abandonado que no desapareció
Aunque muchos olivos dejaron de cultivarse, las estructuras del paisaje permanecieron. Los muros continuaron dibujando líneas horizontales en las montañas y numerosos árboles rebrotaron desde las raíces o sobrevivieron entre la vegetación.
En muchos lugares todavía puede reconocerse la organización agrícola anterior: terrazas escalonadas, caminos delimitados por piedra, barracas, olivos retorcidos y parcelas invadidas por la maleza. El entorno puede parecer natural, pero conserva por todas partes las huellas del trabajo humano.
El abandono también tuvo consecuencias ambientales. Sin mantenimiento, algunos muros se derrumban, se pierde la tierra acumulada durante generaciones y aumenta la continuidad del matorral, lo que favorece la propagación de los incendios.
Recuperar los olivos es recuperar el paisaje
En las últimas décadas se ha producido una recuperación moderada del cultivo de la viña y el olivo en el cabo de Creus. Las terrazas agrícolas y la piedra seca están reconocidas como uno de los principales valores históricos y paisajísticos de la zona.
Esta recuperación no pretende volver a una producción masiva. Cultivar en Cadaqués continúa siendo difícil y poco mecanizable. Su valor reside en conservar variedades locales, mantener muros y caminos, reducir el riesgo de incendio, recuperar pequeñas producciones de aceite y transmitir conocimientos agrícolas que estaban desapareciendo.
El aceite obtenido sigue siendo escaso y muy ligado al consumo local, pero ha recuperado interés como producto con identidad propia.
Los olivos en la mirada de los artistas
Los olivares y las paredes secas también forman parte del Cadaqués contemplado por escritores y pintores. Josep Pla encontró en ellos la expresión del esfuerzo paciente de generaciones enteras. Salvador Dalí incluyó caminos, terrazas y muros de pizarra en numerosos paisajes juveniles, como parte inseparable del entorno de Portlligat.
No eran simples elementos decorativos. Aquellas líneas de piedra daban orden y escala a un territorio áspero. Los olivos aportaban el tono verde grisáceo que conectaba las casas blancas con la oscuridad de la pizarra y el azul del mar.
Esta relación cromática puede interpretarse como parte del buen gusto popular de Cadaqués. No demuestra que el verde de los porticones o de los dolls proceda de los olivos, pero muestra cómo el pueblo fue construyendo una paleta propia: blanco de cal, verde oscuro, gris de piedra y azul mediterráneo.
La memoria agrícola de Cadaqués
La imagen actual de Cadaqués está profundamente asociada al mar y al arte, pero detrás del pueblo continúa existiendo otro Cadaqués: el de las familias que levantaron muros piedra a piedra, plantaron viñas, cuidaron olivos y transportaron agua y aceite en grandes recipientes de cerámica.
Los olivos explican cómo sobrevivió una comunidad en una tierra difícil. También ayudan a comprender por qué el paisaje de Cadaqués resulta tan diferente del de otros pueblos costeros. La montaña que hoy parece agreste no fue siempre un espacio abandonado; fue una construcción colectiva, cultivada y ordenada durante siglos.
Por eso, recuperar un olivo o restaurar una pared seca no significa únicamente conservar un árbol o reparar un muro. Significa mantener visible una parte esencial de la historia de Cadaqués.



